Corrupción por amoralidad

Cada portada del telediario o del periódico nos anuncia últimamente un nuevo caso de corrupción o aporta ramificaciones de otro anterior. Afecta a todos los partidos que han gobernado y su volumen suele ser bastante proporcional al nivel de poder detentado por el partido en cuestión. Va más allá de la acción punible de algunas personas corruptas y parece ser sistémica, incrustada en la organización de los partidos y en su forma habitual de gobernar.

El tsunami ha llegado estos días hasta el presidente del Gobierno y veremos cómo termina el revuelo político. Sea cual sea el desenlace, la sensación de que los políticos de este país son corruptos llega a ser tan asfixiante y omnipresente que incluso oculta a los ojos de la población algo tan importante para todos como la mejoría de la situación económica, que va dando síntomas de haber superado gran parte de la crisis y empieza a abrir horizontes a muchos que se veían sin perspectivas en los últimos años.

Jamás se puede juzgar la conciencia de nadie, ni siquiera del considerado peor. Todos tenemos muchos defectos. No pueden aplaudirse, por ejemplo, algunos alegatos de determinados tertulianos contra los corruptos, cuando es sabido que algunas de estas estrellas mediáticas evaden impuestos, aunque no se trate de cifras millonarias. O las mismas personas muestran otros tipos de corrupción derivados de ser “intelectuales orgánicos” de uno u otro partido, lo que al fin y al cabo les da beneficios, sean económicos o no, y no pocas veces manipulan datos en provecho de unos u otros, sabiendo que no dicen la verdad.

A menudo se exigen más mecanismos legales para combatir la corrupción. Puede estar bien, pero el problema es más hondo. El sustrato de todas estas actuaciones  radica en cuál es el sentido moral de las personas. Y este no pocos lo quieren eliminar, o, al menos, expulsarlo de la vida pública. Oí decir en varias ocasiones textualmente a políticos, y más aún a mujeres políticas en referencia a aspectos como el aborto, que “no admitimos tutelas morales”. A quienes defienden, defendemos, el sentido moral, se nos echa en cara de inmediato recurrir a la moralina antes de que abramos la boca.

Javier Urrea, que fue Defensor del Menor de la Comunidad de Madrid, en su libro “Primeros auxilios emocionales para Niños y Adolescentes” (La Esfera de los Libros), dice que “la amoralidad facilita la corrupción, el tráfico de drogas y otras perversas conductas”. Aunque no se refiera directamente a la política, es perfectamente aplicable a ella.

Si no hay sentido moral todo naufraga. Lo ve claro cualquiera que desee mirar la realidad con ojos limpios, sin prejuicios, pero es evidente que la actuación de la mayor parte de quienes están al frente de instituciones públicas y de los medios de comunicación va dirigida a la eliminación del sentido moral o, como mínimo, a separarlo de las bases en que pueda  sustentarse. Baste darse cuenta del asedio para eliminar la enseñanza de religión en la escuela. Sin fundamentos sólidos, las construcciones se derrumban, por bonitas que sean en superficie.

Por Daniel Arasa, periodista