III.II El bienestar de los adultos

Mientras que los beneficios más importantes del matrimonio repercuten en los niños, éstos también favorecen enormemente a los hombres y mujeres adultos casados. Tanto los hombres como las mujeres se benefician económica, sentimental, física y socialmente del matrimonio. Sin embargo, debemos señalar que a menudo hay diferencias de género en los beneficios que proporciona el matrimonio, y que, para las mujeres, los beneficios dependen más de la calidad del matrimonio que para los hombres.

Las ventajas económicas del matrimonio son obvias. Los hombres y mujeres casados tienen más probabilidades de ahorrar y comprar una vivienda que los adultos solteros, incluso comprándolos con solteros o parejas de hecho con el mismo nivel social. Los hombres casados ganan entre el 10 y el 40 % más que los hombres solteros que trabajan y han sido educados de forma similar. Por lo general, las mujeres casadas no ingresan más que las solteras, pero esto se debe en parte a que las mujeres casadas suelen tener hijos, lo que tiende a limitar la media de sus ingresos. Los beneficios materiales del matrimonio también se extienden a las mujeres de orígenes marginales, ya que tienen menos probabilidades  de caer en la pobreza si se casan. En general, el matrimonio permite a las parejas unir sus recursos y compartir las tareas del hogar. Las obligaciones asociadas al matrimonio dan a las parejas una perspectiva a largo plazo que les permite invertir tanto en una vivienda como en otros bienes duraderos. Las normas de la madurez adulta asociadas al matrimonio animan a los adultos a gastar y ahorrar de manera más responsable.

El matrimonio también promueve la salud física y sentimental de hombres y mujeres. Los adultos casados tienen una vida más longevas, menos enfermedades, mayor felicidad y los niveles de depresión y de consumo de drogas son menores que en los de las parejas de hecho y en los de los adultos solteros. Los cónyuges suelen alentar a sus parejas a que cuiden y acudan al médico en caso de que sea necesario. Las normas de madurez adulta y fidelidad asociadas  al matrimonio animan a hombres y mujeres a rechazar comportamientos de riesgo y nocivos, desde tener relaciones sexuales promiscuas a consumir una gran cantidad de alcohol. El aumento de las ganancias y la estabilidad económica que resultan del matrimonio permiten que los hombres y las mujeres casados soliciten  una mejor asistencia médica. El apoyo emocional que dan la mayoría de los matrimonios reduce el estrés y las hormonas del estrés, que a menudo son la causa de una mala salud y de enfermedades mentales. Los hombres, en particular, suelen tener una vida más larga y una salud general mejor gracias al matrimonio. Las mujeres también se ven favorecidas, pero sus ventajas en la salud dependen más de la calidad del matrimonio: las mujeres en matrimonios de poca calidad tienen más probabilidades de experimentar problemas de salud físicos y mentales que las mujeres solteras, mientras que los matrimonios que funcionan bien aportan a las mujeres un gran estímulo físico y psicológico.

El matrimonio también juega un importante papel en educar cívicamente a los hombres. Los hombres casados tienen menos  probabilidades de cometer un delito, ser sexualmente promiscuos o infieles a una pareja de muchos años, o beber en exceso. También asisten a la iglesia más a menudo, pasan más tiempo con los suyos (y menos con sus amigos), y trabajan más horas. Por ejemplo, un estudio ha demostrado que solo el 4% de los hombres casados han sido infieles en el año 2003 – comparado con el 16% de los hombres que mantienen una relación de pareja de hecho y el 37% de los hombres que tienen una relación sexual con una mujer. La amplia investigación realizada por el sociólogo Steven Nock, de la Universidad de Viginia, sugiere que las conclusiones a las que ha llegado no son el resultado de la selección de personas que han estudiado en particular, sino que realmente son el resultado del matrimonio. Nock ha estudiado el paso dado por los hombres de la soltería al matrimonio, y ha comprobado que su comportamiento ha cambiado en realidad tras el matrimonio: después de casarse, los hombres trabajan más duro, acuden menos a bares, van más a la iglesia y pasan más tiempo con los miembros de la familia. Para muchos hombres, el matrimonio es un rito de paso que les introduce en el mundo adulto de la responsabilidad y el autocontrol.

Pero, ¿por qué el matrimonio tiene un papel tan importante en la formación de los hombres y los hace mejores trabajadores , compañeros más fieles y ciudadanos más pacíficos? Parte de la respuesta está relacionada con la sociología. Las normas de la confianza, la fidelidad, el sacrificio, sostenibilidad económica asociadas al matrimonio facilitan alos hombres instrucciones claras sobre cómo deben actuar hacia sus mujeres e hijos; unas normas que no se aplican de manera clara en las parejas de hecho. Un hombre casado también aumenta su prestigio a los ojos de su mujer, de su familia, de sus amigos y de toda la comunidad cuando decide casarse ya que muestra sus intenciones y su madurez. La mayoría de los hombres buscan mantener su posición social ateniéndose a las normas de la sociedad. Una sociedad que premia el matrimonio forma hombres que honran a sus mujeres y cuidan de sus hijos.

La biología también es importante. Una investigación sobre los hombres, el matrimonio y la testosterona ha descubierto que los hombres casados, especialmente los hombres con hijos tienen unos niveles de testosterona más bajos que los solteros. (Los hombres que mantienen una relación de cohabitación también tienen un nivel más bajo de testosterona que los solteros.) Las relaciones duraderas, estables, con intención de procrear, moderan los niveles de testosterona en los hombres. Por lo que vemos en los estudios sobre la testosterona, esto, a su vez, hace que los hombres sean menos agresivos, promiscuos y que tengan un comportamiento menos arriesgado.

Por supuesto, el matrimonio también afecta de forma especial a las mujeres. Cuando se trata de seguridad física, las mujeres casadas tienen menos probabilidades de ser víctimas de delitos violentos. Por ejemplo, un informe del Departamento de Justicia de Estados Unidos de 1994 descubrió que las mujeres solteras y las divorciadas tienen cuatro veces más probabilidades que las casadas de ser víctimas de un delito violento. Las mujeres casadas tienen menos probabilidades de ser víctimas de maltrato  por su pareja que las mujeres que viven en cohabitación o que mantienen una relación íntima. Un estudio ha descubierto que el 13% de las parejas de hecho tuvieron discusiones violentas en el año 2003, comparado con el 4% de las parejas casadas.Los estudios sugieren  que una de las razones por las que las mujeres solteras  que mantienen una relación tienen más posibilidades de ser víctimas, es que estas relaciones tienen unos índices más altos de infidelidad, y la infidelidad es un grave problema para la pareja. Por tanto, para la mayoría de mujeres el matrimonio es un seguro.

Lo que importa no es sólo el estado civil, sino el ideal del matrimonio. Las personas casadas que aprecian el matrimonio por sí mismo -que se oponen a las parejas de hecho, que piensan que el matrimonio es para toda la vida y que creen que es mejor que sean el padre y la madre unidos en matrimonio los que cíen a los hijos- tienen muchas más probabilidades de formar un matrimonio que funcione, en comparación con las personas casadas que están menos comprometidas con la institución del matrimonio. Los hombres y las mujeres con un compromiso normativo del ideal del matrimonio también tienen más probabilidades de estar más tiempo juntos y de sacrificarse  por su relación. Otros estudios indican que tal compromiso, en particular, tiene repercusiones en los hombres: es decir, que la devoción del hombre a su mujer depende más de sus compromisos normativos que del ideal del matrimonio, mientras que para las mujeres es todo lo contrario. sencillamente, los hombres y las mujeres que se casan para siempre tienen más probabilidades de vivir un matrimonio feliz que los que se casan bajo el lema “hasta lo que dure el amor”.

Lo que está claro es que el matrimonio mejora la vida de aquellos hombres y mujeres que aceptan sus obligaciones, especialmente aquellos que buscan los beneficios económicos, sentimentales y de salud de la vida moderna. Quizás algunos hombres modernos no creen que necesitan ser refinados o no desean cargar con la responsabilidad de tener un niño; y quizás algunas mujeres modernas no creen que necesitan la seguridad que sólo un matrimonio feliz puede proporcionarles, o temen que la vida familiar interfiera en su carrera profesional. Pero los resultados dan a entender que estos deseos pueden, a veces, llevar por el mal camino a hombres y a mujeres, y aquellos que aceptan el matrimonio son más felices que aquellos que buscan una libertad falsa en la soltería, en una pareja de hecho o en el divorcio.

Matrimonio y bien común: los diez principios de Princeton.

Por Social Trends Institute, Barcelona-Enero de 2007

HUNGRÍA Y LA EFICACIA PEDAGÓGICA DE LA LEY

 

O sea, que los gobiernos importan. O sea, que las leyes y las políticas sí tienen un impacto «educativo» sobre las creencias y las costumbres.

Los que piensen que la recuperación de la natalidad y de la solidez familiar es el más importante reto que tiene planteado Europa deberían seguir con atención el caso húngaro. Pues parece que es el único país que ha conseguido invertir en pocos años la tendencia hacia la desaparición del matrimonio (sustituido por la unión libre, más efímera y menos fecunda, según confirman las estadísticas) y el estancamiento o bajada de la natalidad. La fecundidad ha subido en sólo cuatro años (entre 2011 y 2015) desde los 1.23 a los 1.45 hijos por mujer; el número de primeras bodas anuales se ha incrementado de forma notable desde 2010. El número de divorcios descendió en un 18% entre 2015 y 2016.

Hay quien sostiene que el Estado y el Derecho se limitan –o deberían limitarse- a reflejar la evolución espontánea de las convicciones y aspiraciones de la sociedad civil. ¿Existía un incontenible movimiento pro-vida y pro-familia en la sociedad húngara, que las leyes de Orban se hayan limitado a plasmar? No lo parece. En todo caso, no existía una movilización comparable en magnitud a la que, en la España de Zapatero, se desbordó en una decena de grandes manifestaciones contra el aborto libre, contra el matrimonio gay, contra la Educación por la Ciudadanía, contra la negociación con la ETA…

Hungría y España nos ofrecen, pues, enseñanzas complementarias acerca de la relevancia histórica de los gobernantes y la eficacia pedagógica de las leyes. En Hungría, un gobierno con visión histórica clara de la necesidad de reorientar la sociedad en cierta dirección consigue, sin contar con un sustrato popular previo, desencadenar una dinámica regeneradora a través de medidas inteligentes. En España, un gobierno convencido de que «la economía lo es todo» decepciona las expectativas puestas en él por un poderoso movimiento social previo y deja en su sitio todas las leyes ideológicas de Zapatero. El caso español refuta a los que dicen que «la regeneración sólo puede producirse de abajo a arriba, desde la sociedad». Si el movimiento social no es recogido por gobernantes dispuestos a canalizarlo política y legislativamente, termina desanimándose y disgregándose. ¿Acaso no le ha ocurrido eso desde 2011 al movimiento pro-vida/pro-familia de nuestro país?

O sea, que los gobiernos importan. O sea, que las leyes y las políticas sí tienen un impacto «educativo» sobre las creencias y las costumbres. Cuando se despenalizó el aborto, más y más personas consideraron que «si la ley lo permite, será que no está tan mal». Cuando se convirtió el matrimonio en un contrato-basura a través del divorcio exprés, más y más gente pensó que no merecía la pena «perseverar en una unión que ha fracasado». Más aún, cada vez menos gente decidió siquiera casarse: ¿Para qué molestarse en formalizar un contrato que el propio legislador caracteriza como papel mojado, disoluble a capricho por cualquiera de los contratantes? Al revés que en Hungría, la nupcialidad ha caído en España un 40% en sólo quince años.

Y sí, ya sé que lo elegantemente liberal es decir que la sociedad es adulta, que el gobierno no debe guiarla en esta o aquella dirección (sobre todo, cuando se trata de cuestiones de moral y costumbres)… Pero cada vez lo creo menos. En realidad, la pedagogía legal funciona, y un legislador de ideas claras consigue a veces cambiar el rumbo de la sociedad, para bien o para mal. La izquierda ha sabido siempre, con Louis Brandeis, que «el Derecho enseña». Por eso, en cuanto llega al poder, se apresura a legislar precisamente sobre ese tipo de cuestiones moralmente cargadas. Zapatero no pensaba que la economía lo es todo, ni que el Estado deba ser ideológicamente aséptico. Zapatero no vaciló en redefinir el matrimonio, impulsar los procedimientos de reproducción asistida (España es uno de los países más bioéticamente permisivos del mundo: inseminación de mujeres sin pareja con esperma anónimo, etc.), ideologizar la educación, imponer por doquiera la «perspectiva de género», subvencionar masivamente a las asociaciones feministas y LGTB, potenciar nuevos medios de comunicación progresistas, como La Sexta…

El discurso pepero de pitiminí alegará que, a diferencia de la izquierda, el centro-derecha rechaza la ingeniería social y aspira a la neutralidad moral del Estado, y que por eso Rajoy no ha hecho nada en materia de familia, bioética, natalidad, etc. Pero es una falacia con las piernas muy cortas. En primer lugar porque, al dejar en pie todas las medidas pedagógico-intervencionistas de Zapatero, Rajoy en realidad consolida la previa ingeniería social de la izquierda.

En segundo lugar, porque la neutralidad estatal es sencillamente imposible en una serie de asuntos. O la ley permite el aborto, o lo prohíbe. O la ley incentiva la natalidad, o trata la decisión de tener hijos igual que la de comprar un perro (una decisión privada que a la sociedad le es indiferente, y que no tiene por qué premiar). O la ley solidifica la familia haciendo el divorcio imposible o difícil (condicionado a causas tasadas y graves), o la fragiliza convirtiendo el matrimonio en contrato-basura. En todos esos casos, y en muchos otros, no existen vías medias: tertium non datur.

En tercer lugar, porque las políticas de regeneración demográfico-familiar son «antipáticas», impopulares, necesitadas por tanto de cierta imposición vertical y de mucha pedagogía. La izquierda sesentayochista obraba a favor de corriente; predicaba, en definitiva, el hedonismo: «Vive como quieras, cumple todos tus deseos, no te dejes limitar por una moral caduca y castrante». Y, pese a poseer un mensaje más atractivo, la izquierda no vaciló en recurrir a los resortes del Estado y la ley para asegurar su penetración en la sociedad. ¿Conseguirá una derecha regeneracionista extender su mensaje –menos vendible, pues implica la llamada a un mayor autocontrol y responsabilidad- sin ayuda de esos mecanismos? Allí donde el enemigo necesitó la artillería pesada de la ley para vencer, ¿podremos prevalecer nosotros sin otra arma que la palabra?

Y finalmente, porque lo que está en juego es demasiado importante para permitirse el lujo de una –de todos modos imposible e ilusoria- neutralidad. Si Europa no recupera tasas de natalidad decentes, como mínimo equivalentes a la tasa de reemplazo generacional (2.1 hijos/mujer: en España estamos en 1.3), su futuro a medio plazo es el colapso por envejecimiento de la población y/o la «gran sustitución» migratoria (eurabización). La salvación de nuestra civilización me importa más que el respeto escrupuloso del Manual del Perfecto Hayekiano. Entre otras cosas, porque en Eurabia nadie se acordará de Hayek.

Por Francisco José Contreras  en Actual 

III.I El bienestar de los hijos

Las pruebas que vinculan la salud del matrimonio con el bienestar de los hijos son claras. Durante las dos últimas décadas, ha surgido un gran número de investigaciones científico-sociales que indican que los niños obtienen mejores resultados si son educados por sus madres y padres dentro del matrimonio. Un informe reciente de Child Trends, un órgano de investigación imparcial, resume así el nuevo consenso académico sobre el matrimonio:”Las investigaciones demuestran que la estructura familiar es importante para los niños, y que la estructura familiar que más ayuda a los niños es una familia dirigida por sus dos padres biológicos en un matrimonio sin muchos altibajos”. Otros estudios recientes sobre el matrimonio y el bienestar de los niños, presentados por la Brookings Institution, la Woodrow Wilson School of Public e Internacional Affairs de la Princeton University, el Center for Law and Social Policy y el Institute for American Values, han llegado a conclusiones similares.

El matrimonio es importante para los niños en muchos sentidos. Nos centraremos en las consecuencias educacionales, psicológicas, sexuales y de comportamiento para los niños y la estructura familiar, empezando por la educación. Los niños educados en hogares formados por un matrimonio tienen más posibilidades de realizar actividades relacionadas con la lectura y la escritura (por ejemplo, que un adulto les lea o les enseñe las letras)  mientras van a preescolar, y tener unas notas más altas en compresión lectora cuando están en cuarto curso. Los niños en edad escolar tienen menos del 30% de probabilidades, aproximadamente, de faltar a una clase, llegar tarde o no ir a la escuela. El efecto acumulativo de la estructura familiar sobre el rendimiento escolar de los niños es más evidente en los índices de graduados de enseñanza secundaria. Los niños que han crecido en familias cuyos padres están casados tienen el doble de probabilidades de graduarse en el colegio, en comparación con los niños de familia monoparental o que conviven con un padrastro o madrastra.

Un estudio ha puesto de manifiesto que el 37% de los hijos que han nacido fuera del matrimonio y el 31% de hijos de padres divorciados dejaron el colegio, en comparación con el 13% de los hijos de familias compuestas por los padres biológicos casados.

El matrimonio también favorece la salud emocional del niño. Los hijos de parejas casadas y estables tienen menos probabilidades de padecer depresión o ansiedad, de consumir alcohol o drogas y pensar en suicidarse, en comparación con los hijos de parejas divorciadas. Un reciente estudio sobre toda la población infantil sueca descubrió que los niños y las niñas suecos que viven en familias formadas por un matrimonio tienen el 50% menos de probabilidades de intentar suicidarse, consumir alcohol y drogas, y padecer otras enfermedades psiquiátricas graves que los niños que han crecido en hogares monoparentales. Una encuesta realizada por estudios norteamericanos sobre el bienestar de los niños descubrió que la estructura familiar era más importante que la pobreza al determinar el comportamiento y psicología de los niños. En general, los hijos que han crecido con sus propios padres y madres, están más preparados para afrontar el mundo con esperanza, confianza y dominio de sí mismos, que los que pertenecen a una familia desestructurada.

El matrimonio es también importantepara vincular a los niños con sus padres biológicos y obtener una base sólida de identidad familiar. Una investigación llevada a cabo por un psiquiatra de Yale, Kyle Pruett, sugiere que los niños concebidos por tecnologías de reproducción asistida (TRA) y que han crecido sin padres, no han satisfecho “la falta de presencia de un padre”. El autor compara los estudios publicados sobre el divorcio y la familia monoparental. El trabajo de Pruett también sugiere que los niños concebidos por TRA sin haber conocido a sus padres, se hacen preguntas profundas e inquietantes sobre sus origenes biológicos. Estos niños no conocen a sus padres o a sus familiares paternos, y nos les gusta vivir en una especie de limbo biológico y paternal. En comparación, los niños que han crecido con sus padres biológicos casados tienen más probabilidades de tener un sentido solido de sus propios orígenes biológicos y de su identidad familiar.

La estructura de la familia, en particular la presencia del padre biológico, es un factor clave que influye en el desarrollo, la actividad y el bienestar sexual de las mujeres jóvenes. Las adolescentes que crecen con una madre soltera o un padrastro tienen más probabilidades de tener la la primera menstruación y desarrollarse sexualmente antes, si las comparamos con las que han crecido en hogares con sus propios padres unidos en matrimonio. Como consecuencia, las adolescentes que han crecido en familias monoparentales o con un padrastro o una madrastra tienen más probabilidades de quedarse embarazadas en la adolescencia y tener un hijo fuera del matrimonio. Un estudio descubrió que solo el 5 % de las adolescentes que viven en una familia  se habían quedado embarazadas  en la adolescencia, comparadas con el 10 % de aquellas cuyo padre las abandonó cuando tenían seis años, y el 25 % de las chicas cuyo padre las dejo cuando cursaban preescolar. Las investigaciones también sugieren que las niñas tienen más probabilidades de sufrir abusos sexuales  si no viven en una familia dirigida por un matrimonio; y en gran parte, eso se debe a que sus madres son solteras, cohabitan con otras personas o residen en una familia con un padrastro, por tanto, las niñas tienen más contacto con varones con los que no están emparentadas.

Los niños también se benefician cuando crecen en una familia integra y estable. Las investigaciones han descubierto que habitualmente los niños que crecen con sus padres y madres en una familia integra tienen menos probabilidades de encontrarse en situaciones problemáticas que los que han crecido en otra situación  familiar. Los niños que han crecido en una familia desestructurada tienen más probabilidades de tener problemas de agresión, de falta de atención, de delincuencia y suspender en el colegio, en comparación con los que han crecido en familias íntegras. Algunos estudios sugieren que el comportamiento negativo que aparece tras un divorcio es más notable en los niños que en las niñas. Un estudio ha descubierto que los niños que crecen en familias monoparentales o con padrastros o madrastras tienen el doble de probabilidades de acabar en prisión que los que crecen en familias integras. Evidentemente, un matrimonio estable y los buenos roles parentales son determinantes para evitar que los niños tengan un comportamiento destructivo hacia la sociedad y hacia ellos mismos.

Prácticamente en todos los estudios citados se han tenido en cuenta factores socioeconómicos , demográficos e incluso genéticos, ya que de otra manera se hubiese podido distorsionar la relación entre la estructura familiar y el bienestar del niño. Así, por ejemplo, en el caso de una familia monoparental pobre, ésta no tiene por qué acabar destrozada o sumida en la delincuencia. Además, un trabajo reciente sobre el divorcio ha investigado a gemelos adultos y a sus hijos para diferenciar los efectos específicos del divorcio del papel potencial que los factores genéticos (y socioeconómicos) pueden ejercer sobre los hijos. Esta investigación indica que el divorcio tiene consecuencias negativas en el bienestar psicológico y social de los hijos, incluso después de tener en cuenta las vulnerabilidades genéticas de los padres que se han divorciado.

Entonces, ¿por qué las pruebas relacionan el matrimonio con una serie de resultados positivos en el comportamiento de los niños? Tanto los mecanismos sociales como los biológicos parecen justificar el valor de un matrimonio en la vida de los niños. Desde la perspectiva sociológica, el matrimonio permite a las familias beneficiarse de un trabajo compartido en las tareas del hogar, de dos sueldos y de los recursos económicos de los familiares de ambas partes. Por lo general, una madre y un padre casados invierten más tiempo y afecto, y supervisan más que un solo progenitor; y lo que es igual de importante, los dos suelen dirigir y mejorar su función de padres, aumentando los puntos fuertes, equilibrando las flaquezas de cada uno, y reduciendo el riesgo de que uno de los hijos sufra la furia o el rechazo de un progenitor enfadado y cansado. La confianza y la entrega asociadas al matrimonio también dan sentido  a que un hombre y una mujer pasen su vida juntos, junto a sus hijos. A su vez, esta perspectiva de entrega invita, en la práctica, a invertir sentimental y económicamente a niveles más elevados en sus hijos que los padres sin pareja o que conviven con otra persona.

El matrimonio es especialmente importante para que padres e hijos se vinculen mutuamente. Para los hombres el matrimonio y la paternidad van unidos. Como en nuestra sociedad (y en todas) el papel del padre es más discreto que el de la madre, éste depende más de las esperanzas y del apoyo social que el matrimonio otorga a los padres. El matrimonio prepara a los hombres para recibir constantemente el apoyo, las instrucciones y los consejos de la madre de sus hijos, y les da fuerza para que presten atención a estas lecciones, No es de extrañar que cuando un padre no está casado no está tan pendiente de sus hijos como lo está un padre casado. Los padres que no viven con sus hijos, los ven menos que los que viven con ellos y están casados, y en consecuencia su relación con el hijo no afecta a los resultados positivos en la educación. Por el contrario, los padres casados pueden ejercer una influencia permanente, importante y positiva sobre sus hijos, y esto es más que probable que se consiga en un matrimonio feliz.

La biología también importa. Los estudios sugieren que los hombres y las mujeres aportan diferentes puntos fuertes al matrimonio y que la relación biológica de los padres con sus hijos tiene consecuencias importantes para los jóvenes, especialmente para las niñas. Aunque las madres y los padres tienen mucho en común una vez que son padres, los estudios también sugieren que hay diferencias sexuales importantes. Las madres son más susceptibles a los llantos, palabras y gestos de los bebés, niños y adolescentes, y en parte por esa misma razón, son mejores educando física y sentimentalmente a sus hijos. Estas habilidades maternales parecen tener una profunda base biológica: durante el embarazo y lactancia, las mujeres experimentan unos niveles altos de oxitocina, un péptido con función hormonal que fomenta el sentimiento filial.

Los padres de familia destacan por inculcar a sus hijos disciplina, protegerles, y estimularles a provechar las oportunidades y enfrentarse a las dificultades de la vida. cuanto mayor sea el tamaño y la fuerza física del padre, unido al tono e inflexión de su voz y a la característica dirigente de hablar, mayor será su ventaja que es particularmente eficaz en los niños, ya que hacen más caso a los padres que a las madres. Asimismo, es más probable que sean los padres, y no las madres, los que animen a sus hijos a realizar tareas difíciles, superar los problemas sin rendirse y buscar experiencias nuevas. Parece ser que estas habilidades también tienen una profunda base biológica. Por lo general, los padres tienen mayores niveles de testosterona -una hormona asociada con la autoridad y la seguridad en uno mismo- que las madres. Aunque el vínculo entre la naturaleza, la educación y los talentos específicos de los padres es sin duda complejo, no podemos olvidar las diferencias evidentes de sexo entre los padres, diferencias que el matrimonio erige en beneficio de los niños.

La relación biológica entre padres e hijos también importa en el caso de los jóvenes. Los estudios parecen indicar que los padres biológicos invierten más dinero y tiempo en sus descendientes que los padrastros y madrastras. Un nuevo estudio realizado por un psicólogo de la Universidad de Arizona, Bruce Ellis, sugiere que la presencia física de un padre biológico es importante para el desarrollo sexual de las niñas. En concreto, sugiere que una de las razones por las que las niñas viven apartadas  de su padre biológico desarrollan su sexualidad a una edad más temprana que las que viven con su padre biológico es que es más probable que estén expuestas a las feromonas, sustancias químicas biológicas que transmiten información sexual entre personas, de hombres con los que no están emparentadas. También cree que las niñas que están en contacto con el novio de la madre o con el padrastro alcanzan la pubertad antes que las que han crecido con madres solteras. Es evidente que todavía queda mucho por investigar sobre este aspecto, pero la información parece indicar claramente que, una de las razones por la que el matrimonio es tan valioso, es que ayuda a unir a los padres biológicos con el niño para toda la vida.

Sara McLanahan y Gary Sandefur, sociólogos en Pricenton y Wisconsin, respectivamente, resumen de esta manera las razones por las cuales el matrimonio es importante para los niños: “Si nos hubieran pedido que diseñáramos un sistema para asegurarnos que se cumplían las necesidades básicas de los niños, probablemente hubiésemos llegado a la conclusión que el ideal es tener un padre y una madre, o algo parecido. Este ideal, en teoría, no solo aseguraría que los niños pudiesen disponer del tiempo y el dinero de dos adultos, sino que también les proveería de un sistema de control y equilibrio que fomentaría una educación de calidad por parte de los padres. El hecho de que los progenitores tengan una conexión biológica con el niño, aumentaría las probabilidades de que se identificasen con los hijos y quisiesen sacrificarse por ellos, y eso reduciría las probabilidades de que alguno de los padres maltratase a sus hijos. Durante las últimas décadas , hemos experimentado con varias alternativas al matrimonio, y los resultados son claros: los niños que han crecido en familias formadas por parejas casadas, generalmente superan cada etapa de la vida con más éxito que aquellos que han crecido en familias con estructuras alternativas. Aquellos que se preocupan, como todo ciudadano debería hacer, por el bienestar de los niños, deberían preocuparse por la salud de matrimonio en la actualidad.

Matrimonio y bien común: los diez principios de Princeton.

Por Social Trends Institute, Barcelona-Enero de 2007

III. Pruebas que se encuentran en las ciencias sociales y en las ciencias biológicas

En los últimos cuarenta años, la sociedad ha realizado un profundo experimento sobre la familia, y sus resultados están saliendo a la luz gracias a las investigaciones científicas. Como ninguno de los estudios es definitivo, y hay aspectos suficientes para debatir sobre las consecuencias  particulares del matrimonio, la evidencia empírica demuestra con claridad que las familias formadas por personas casadas que no se han roto son mejores, para los adultos y en especial para los niños, que las de las familias alternativas. En la actualidad existen muchos estudios en las ciencias antropológicas, sociológicas, psicológicas y económicas que demuestran los beneficios empíricos del matrimonio.

En casi todas las sociedades humanas, la institución del matrimonio ha tenido y continua teniendo tres propósitos públicos importantes. Primero, el matrimonio es una institución a través de la cual las sociedades intentan organizarse para tener y educar a sus hijos. En especial, es importante asegurar que los hijos reciban el amor y el apoyo de sus progenitores. Segundo, el matrimonio orienta y proporciona orden y estabilidad a las relaciones sexuales adultas y a sus consecuencias económicas, sociales y biológicas. Tercero, el matrimonio educa cívicamente a los hombres, otorgándoles una razón de ser, normas y rango social que orientan sus vidas, alejándolos del vicio y encaminándolos hacia la virtud. El matrimonio alcanza sus finalidades múltiples tanto a través de medios sociales como biológicos, los cuales no son fáciles de imitar por ninguna de las distintas alternativas al matrimonio. Cuando el matrimonio es fuerte, tanto los niños como los adultos tienden a prosperar, cuando el matrimonio se rompe, todos los elementos de la sociedad sufren.

Matrimonio y bien común: los diez principios de Princeton.

Por Social Trends Institute, Barcelona-Enero de 2007

10. “Matrimonio civil” y “matrimonio religioso” no pueden estar rígida y totalmente desasociados el uno del otro

 

Los estados de derecho siempre han reconocido el derecho de cualquier persona a casarse, sea o no una persona religiosa. Mientras que a menudo la ceremonia  de los matrimonios religiosos  y seculares difiere, el significado de esos matrimonios en el orden social siempre ha sido similar, y por eso el Estado reconoce  los matrimonios debidamente oficiados por las autoridades religiosas. Es más, las pruebas de las ciencias sociales actuales sobre la religión y el éxito matrimonial confirman la sabiduría de la tradición, que siempre ha reconocido  y valorado el papel positivo que la religión ejerce cuando crea y mantiene el matrimonio como institución social. La mayoría de los ciudadanos contrae matrimonio en instituciones religiosas. En muchos de estos casos, el sentimiento religioso acompaña  y solemniza el compromiso matrimonial y la posterior vida en familia. Por tanto, es importante reconocer el papel decisivo que tienen las instituciones religiosas en apoyar una cultura de matrimonio sostenible, de la cual depende toda la sociedad. Y también es importante preservar la idea compartida de que el concepto matrimonio trasciende las diferencias entre los matrimonios religiosos y seculares, y entre los matrimonios dentro de las muchas tradiciones religiosas existentes.

Matrimonio y bien común: los diez principios de Princeton.

Por Social Trends Institute, Barcelona-Enero de 2007

Hoy 15.05.17 Día Internacional de la Familia.

9. Las leyes que rigen el matrimonio son significativas

La ley y la sociedad mantienen una relación dinámica: los cambios que pueda sufrir una, a la larga, tendrán repercusión en la otra, y las dos juntas estructuran las opciones que los individuos reconocen como convenientes, aceptables y que merecen ser elegidas.

Dados los claros beneficios del matrimonio, creemos que el Estado no debería permanecer políticamente neutral, ni en el procedimiento ni en el resultado, entre el matrimonio y las diferentes estructuras alternativas de la familia. algunas personas han intentado redefinir el matrimonio civil como un contrato privado entre dos personas sin tener en cuenta su sexo; otros, como una unión que vincula a un numero de individuos; y otros lo ven como un acuerdo contractual de duración indefinida en el que se ponen de acuerdo un número indeterminado de personas adultas. Pero con ello, un Estado minaría la norma social que fomenta el matrimonio tal como se ha entendido históricamente, es decir, la unión sexual para toda la vida, entre un hombre y una mujer que pueden tener y educar hijos. Los beneficios públicos, que sólo el matrimonio puede proporcionar, son reconocidos por personas razonables, sin tener en cuenta el punto de vista religioso o secular, y por tanto constituyen razones convincentes para reforzar la norma del matrimonio ya existente, tanto en la ley como en las políticas públicas.

Matrimonio y bien común: los diez principios de Princeton.

Por Social Trends Institute, Barcelona-Enero de 2007

8. Una sociedad que cree en el matrimonio protege la libertad política y fomenta un gobierno contolado

Las familias fuertes que permanecen unidas estabilizan el Estado y reducen la necesidad de agencias sociales burocráticas costosas e intrusivas.  Las familias se vuelcan en sus miembros vulnerables, producen nuevos ciudadanos  con virtudes como la lealtad y la generosidad, y se preocupan por el bien común. Cuando las familias se rompen, aumenta la delincuencia  y el desorden social. El Estado debe intervenir y reafirmar el control social con más acción policial, con una ampliación del sistema penitenciario, con unas ayudas infantiles coactivas, y con tribunales que dirijan la vida familiar. La falta de familias unidas pone en peligro la libertad personal, ya que el estado intenta desempeñar, de manera coercitiva, las funciones que las familias desempeñan connaturalmente.

Matrimonio y bien común: los diez principios de Princeton.

Por Social Trends Institute, Barcelona-Enero de 2007

7. Cuando el matrimonio se debilita, aumentan las desigualdades, ya que los niños sufren las consecuencias de crecer en hogares sin unos progenitores comprometidos con la familia

Los hijos de padres que no se han casado o que han roto su matrimonio tienen más probabilidades de ser víctimas de la pobreza, de la dependencia, del abuso de sustancias adictivas, del fracaso escolar, de la delincuencia juvenil, de un embarazo a una edad temprana sin estar casado, y de muchos otros comportamientos que conllevan a la destrucción personal. Este riesgo aumenta aún más cuando las familias y el vecindario están llenos de hogares sin padres. En especial, en el caso de los Estados Unidos, el fracaso matrimonial a afectado seriamente a la comunidad afroamericana, y amenaza al apreciado ideal norteamericano de la igualdad de oportunidades, ya que priva a adultos, y especialmente a los niños, del capital social que necesitan para crecer. Precisamente porque queremos erradicar las desventajas sociales derivadas de la raza y la clase social, vemos en las barreras culturales, económicas y otras similares (que no fortalecen el matrimonio en los barrios pobres y especialmente entre las minorías raciales con un alto índice de rupturas matrimoniales), un problema serio que hay que resolver con persistencia, generosidad e ingenio.

Matrimonio y bien común: los diez principios de Princeton.

Por Social Trends Institute, Barcelona-Enero de 2007

6. El matrimonio es una institución que crea riqueza, al aumentar el capital humano y social

La economía y el estado democrático modernos dependen de las familias para formar a la nueva generación de contribuyentes y trabajadores productivos. Esta renovación en el desarrollo del capital humano es uno de los ingredientes principales de la economía nacional, que ahora está en peligro en las sociedades con una población cada vez más envejecida  y con unos indices de natalidad más bajos que los de mortalidad. Es en el ambiente familiar donde los jóvenes desarrollan hábitos de trabajo estables  y una autoconfianza bajo la tutela de sus padres, y este aprendizaje prepara, a su vez, las bases para el futuro desarrollo de unas aptitudes útiles y necesarias para tener una profesión.

El matrimonio antepone los intereses de las personas a los propios, y así reduce la tendencia de los individuos y grupos a tomar decisiones irreflexivas e imprudentes que desperdicien la herencia de las futuras generaciones. La familia también proporciona vínculos de confianza y capital que son como los cimientos de una pequeña empresa (también de algunas grandes sociedades anónimas), que son clave para el vigor de la economía de una nación. Además, los cónyuges e hijos adultos ayudan a los enfermos y a los ancianos, mantienen la solvencia de los programas de pensiones y de los seguros sociales al prestar asistencia no remunerada a sus seres queridos, pagan los impuestos, y tienen hijos que formaran las futuras generaciones de trabajadores contribuyentes. En otras palabras, sin familias que prosperen, la salud a largo plazo de la economía moderno corre peligro.

Matrimonio y bien común: los diez principios de Princeton.

Por Social Trends Institute, Barcelona-Enero de 2007

5. El matrimonio sostiene la sociedad civil y promueve el bien común

 

La sociedad civil también se beneficia del orden que supone un matrimonio estable. En sí, las familias son pequeñas sociedades, y la unión de confianza que establecen de generación en generación y entre las familias de los cónyuges, es un componente clave del conjunto de la sociedad. El vínculo que el matrimonio crea y mantiene entre los familiares de cada cónyuge es un ingrediente importante para el “capital social”, que facilita la creación de muchos grupos privados y asociaciones cívicas beneficiosas. Las virtudes que se adquieren en la familia -generosidad, abnegación, confianza, autodisciplina- son decisivas en cualquier ámbito de la vida social. Los niños que crecen en familias rotas no suelen adquirir estos aspectos comunes en su carácter. Cuando existen muchas rupturas o cuando las personas no se casan , la sociedad se ve perjudicada por un gran número de patologías sociales, por ejemplo, aumenta la pobreza, las enfermedades mentales, la delincuencia, el uso de drogas ilegales, las depresiones clínicas y los suicidios.

 

Matrimonio y bien común: los diez principios de Princeton.

Por Social Trends Institute, Barcelona-Enero de 2007