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"ALIANZA DE CIVILIZACIONES" Antonio Moya Somolinos. Secretario PFyV Andalucía - 01/03/2010 Hay expresiones que se quedan obsoletas con el tiempo, e incluso llegan a resultar irónicas. Quién iba a decir al Presidente del Gobierno que a estas alturas estaría reforzando el contingente de tropas españolas en esa guerra (sí, guerra) de Afganistán en la que ya han muerto 92 soldados nuestros. De la alianza de civilizaciones ya nadie se acuerda, lo mismo que de tantos cuentos chinos que Zapatero va soltando para ir ganando tiempo mientras sigue gobernando. Si acaso el único recuerdo de la alianza de civilizaciones lo tienen los Presupuestos Generales del Estado Español, donde en medio de tanta crisis no falta una generosa partida de varios miles de millones de pesetas para este fin, que se envía a la ONU y que gestiona el mismísimo Koffi Annan, quizá como premio a no se sabe qué favor a nuestro Presidente cuando el anterior era Secretario General de dicho organismo internacional. Así está la política, un mercadeo de favores…con dinero público. Hablar de alianza de civilizaciones puede resultar impropio del momento presente, porque es un tema pasado. Sin embargo, tocar el tema ahora puede tener el factor positivo de que es un tema que ya no se ve con apasionamiento: Los que quisieran a toda costa atacar a Zapatero, tienen ahora otros frentes; y los defensores ciegos de Zapatero comprenderán que en el momento presente no vale la pena quemarse con este tema porque el tiempo les ha llevado a comprender que no es un asunto como para romper lanzas.Viéndolo desde otro punto de vista, tratar de la alianza de civilizaciones puede incluso ser hasta un tema pionero. Me refiero a que el momento que vivimos es el del ocaso político de Zapatero, similar al de los boxeadores noqueados que ya carecen de estrategia e incluso de táctica y operatividad, que van sin rumbo, repitiendo los errores de los dictadores poco antes de caer. Cuando dentro de poco tiempo Zapatero haya desaparecido de la escena política todos sus errores y extravagancias serán recordados y analizados. Lástima que no se hubiera hecho eso a tiempo. En ese sentido, hablar ahora de la alianza de civilizaciones puede ser una primicia respecto de las muchas cosas que se dirán dentro de poco en este país sobre este sujeto. En principio, el término “alianza” sugiere reunión y ayuda recíproca. Sin embargo, en el lenguaje político sugiere unión porque se tiene enfrente a un adversario. Así, por ejemplo, al hablar de “los aliados” todos entendemos que la expresión se refiere a quienes se unieron contra la Alemania nazi. También, el antiguo partido “Alianza Popular” indicaba una unión de partidos para una lucha política en la que había otros partidos enfrente. Por tanto, una “alianza de civilizaciones” no tiene mucho sentido, porque las civilizaciones, en principio, no son enemigas políticas o cosa parecida. Otra cosa es que sean diferentes. De todas formas, si lo que se desea es un acercamiento entre culturas diferentes, parece claro que lo primero es marcar la propia identidad. Mala alianza podrá hacer quien no se conoce a si mismo y no marca y delimita su propia identidad. Zapatero, lo quiera reconocer o no, pertenece a la civilización occidental, que tiene sustrato cristiano. Muchas de las ideas que él y sus seguidores entienden que son grandes logros de su partido o de políticos históricos afines a él, en realidad son ideas con sustrato cristiano. Además, la quiebra con los valores cristianos no la ha inventado él; viene de atrás, al menos del siglo XVII y más decididamente del XVIII, con la Ilustración, que cometió el fraude de jugar a dos bandas, por un lado rechazando la doctrina y el estilo de vida cristianos, y por otro apropiándose de los logros humanos y culturales del cristianismo. Quiero decir, que llevamos unos tres siglos de canallas tramposos. El rollo está muy visto. Por tanto, negar unos valores cristianos como tales, o negarse a ahondar en ellos cuando esos valores están ahí, es renunciar a reconocer la propia identidad. Y acudir en esas condiciones a pactar o aliarse con alguien es no tener nada que ofrecer y todo que perder porque supone acudir como un pelele a quien le da igual por dónde le den las bofetadas. Conviene no olvidar que las culturas no son las que engendran las religiones, sino al revés, son las religiones las que dan origen a las culturas. Para honra de la religión católica podemos decir hoy que existe una separación entre la Iglesia y el Estado. Lamentablemente otras culturas tan admiradas por Zapatero no pueden decir lo mismo. Sin embargo, nuestro Presidente del Gobierno cae en un error tan rústico como confundir la separación de la Iglesia y del Estado como instituciones independientes con pretender separar la cultura de un país de sus raíces cristianas. Entiendo que los 6 años que lleva Zapatero de Presidente del Gobierno podrían calificarse de “destrucción de la propia civilización”. Bien es verdad que para destruir nuestra civilización harían falta varios Zapateros, pero no menos cierto es que el daño que este señor ha inflingido a nuestra civilización desde la posición que ocupa es un daño cierto. Con varios como él, todo el bien anteriormente conseguido de una manera laboriosa puede verse seriamente dañado o incluso desaparecer. No me refiero a la economía, que también tiene su importancia, me refiero sobre todo a dos cuestiones, por citar las que me parecen más relevantes: la defensa de la verdad y la defensa de la vida, ambas relacionadas entre si en muchos temas. En cuanto a la defensa de la verdad, el punto en el que estamos ahora en España es lamentable. No sólo sucede que desde el Gobierno se mienta sistemáticamente, sino que se miente tanto que ya somos un país acostumbrado a la mentira, que no reacciona drásticamente ante ella. Los que mienten no dimiten ni se les aparta de sus puestos. El que miente ya no se avergüenza de ello. La verdad cada vez se valora menos. Este es uno de los puntos en que estamos perdiendo identidad cultural. El cristianismo siempre valoró mucho la verdad. La práctica de decir la verdad se abrió paso hace muchos siglos en la sociedad pagana hasta llegar a ser una identidad de nuestra cultura. Fruto de ese amor a la verdad ha sido la confianza y la paz social que Occidente ha alcanzado y que, pese a los pesares, sigue siendo uno de los valores más apreciados de nuestra cultura, también por los que se empeñan en apedrearla. Me contaron hace tiempo que Afganistán es un país en donde se miente tanto y la verdad apenas existe, que nadie confía en nadie y la cohesión social apenas se da. Aquello es casi la ley de la selva, todo fuerza bruta, todo traiciones, todo egoísmos. ¿Es a eso a lo que nos quiere hacer tender el Presidente del Gobierno? Por lo que se refiere a la defensa de la vida, desgraciadamente no estamos en un mal más o menos puntual, puesto que todo Occidente ha optado por el asesinato de los niños en el vientre de sus madres. Hay datos históricos de la práctica de abortos en el Antiguo Egipto, en Grecia y en Roma, pero nunca se había tratado esta práctica como un derecho regulado por ley. Verdaderamente esto sí que es un ocaso de nuestra civilización. Por aquí sí podemos sucumbir como a lo largo de la historia han desaparecido pueblos y civilizaciones. En su día la irrupción del cristianismo tuvo múltiples consecuencias en la sociedad. Por poner algún ejemplo en lo referente al respeto a la vida humana, en el año 325, bajo la influencia cristiana, se prohíben definitivamente los juegos de gladiadores en los que el asesinato era un espectáculo lúdico. En la Edad Media, bajo el influjo de la Iglesia Católica, se fueron suprimiendo paulatinamente los torneos en los que también el asesinato se había convertido en espectáculo. Los primeros hospitales, para defender la vida, fueron iniciativas cristianas. En el continente africano, que en siglo y medio ha pasado de la prehistoria a un cierto grado de civilización, la vida humana tiene mayor valor gracias al influjo del cristianismo. Todo esto se puede ir al traste si en Occidente no frenamos el horror del aborto. Nuestra civilización se puede arruinar rápidamente. Una sociedad que acepta el aborto está claramente en descomposición, no tiene nada que aportar al mundo. No se trata sólo de un problema demográfico, aunque también, sino de ausencia de energías para seguir existiendo como tal civilización. Una civilización que asesina a sus propios hijos en el vientre de sus madres es una civilización agónica que se marchita irremediablemente. Cuando no sólo el Presidente del Gobierno Español, sino la casi totalidad de los jefes de Estado y de Gobierno de los paises occidentales han perdido el norte de esta manera en una cuestión tan fundamental de la propia civilización, lo menos malo que se puede hacer es no aliarse con otras civilizaciones pues estaríamos en condiciones de aceptar todo lo malo que nos quisieran transmitir y sin posibilidad de aportarles nada positivo por nuestra parte. Verdaderamente el momento es muy malo, pero hay solución. Lo que sería verdaderamente trágico es que no hubiera salida. La salida es volver a las raíces, a aquel sustrato que ha dado vida a nuestra civilización desde hace veintiún siglos. Un presidente de gobierno podrá empeñarse en echar por tierra ese sustrato, pero no lo logrará si los ciudadanos saben cuales son sus orígenes y si saben valorarlos. Antonio Moya Somolinos Secretario PFyV Andalucía.
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