Qué es el neoliberalismo y por qué todo el mundo lo odia

Del neoliberalismo se dice que es el pensamiento político y económico dominante desde los gobiernos de Margaret Thatcher y Ronald Reagan. Pero quizá es más hegemónica todavía la crítica a una ideología convertida en cajón de sastre de todo lo que va mal en el mundo. ¿Qué entienden por neoliberalismo los partidarios y los detractores de esta doctrina?

El término es sinónimo de cada vez más cosas: individualismo desbocado, codicia, privatización, austeridad, desregulación, culto a la competencia, darwinismo social, hiperglobalización, enriquecimiento de la minoría, desmantelamiento del Estado del bienestar, fundamentalismo de mercado, privatizaciones, bajadas masivas de impuestos a los ricos y a las grandes corporaciones, disciplina fiscal, superioridad de lo privado sobre lo público, capitalismo financiero…

Y cuando uno se había hecho a la idea de que el neoliberalismo es la ley de la selva (o, incluso, la no-ley y el no-Estado), irrumpen en escena una serie de expresiones que sugieren lo contrario: “estatismo neoliberal”, “neoliberalismo autoritario”, “dictadura neoliberal”…

Algo más que economía

Al neoliberalismo se le imputan males de diversa índole. Tres ejemplos:

El filósofo surcoreano Byung-Chul Han reprocha a la “sociedad neoliberal del rendimiento” el que vayamos siempre cansados por la vida. Es la constante presión por “rendir cada vez más” lo que nos está llevando a la “autoexplotación” libremente elegida.

En cambio, el Papa Francisco lamenta la insistencia con que el neoliberalismo fía todo progreso al crecimiento mientras se desentiende de la desigualdad: “El mercado solo no resuelve todo –escribe en la encíclica Fratelli tutti (n. 168)–, aunque otra vez nos quieran hacer creer este dogma de fe neoliberal. (…) El neoliberalismo se reproduce a sí mismo sin más, acudiendo al mágico ‘derrame’ o ‘goteo’ –sin nombrarlo– como único camino para resolver los problemas sociales. No se advierte que el supuesto derrame no resuelve la inequidad”.

Y la filósofa y psicóloga social Shoshana Zuboff ve en el “consenso neoliberal en torno a la superioridad de las empresas y los mercados autorregulados” una de las condiciones que han hecho posible la ingenua aceptación por parte de las sociedades ricas del “capitalismo de la vigilancia”, expresión que acuñó para referirse a la explotación económica que hacen los gigantes tecnológicos de los datos personales de los usuarios.

Los otros “neoliberalismos”

¿Quiénes son y qué defienden los neoliberales? Depende de quién cuente su historia.

Daniel Rodgers, profesor emérito de historia en la Universidad de Princeton, rescata del olvido un uso del término que nada tiene que ver con el que ha triunfado en la actualidad. Según él, los primeros en estampar el adjetivo “nuevo” al liberalismo fue una facción del Partido Liberal británico que, a partir de la década 1880, empezó a pedir una intervención mayor del Estado como garantía de la libertad real. De ahí surgiría una línea de pensamiento que llegaría nada menos que hasta John Maynard Keynes, William Beveridge (impulsor del Estado de bienestar británico) y, al otro lado del Atlántico, Franklin Roosevelt y su New Deal. Pero está claro que estos no son los denostados neoliberales contra los que se clama hoy día.

Ha habido intentos fallidos de apropiarse del término. En 1982, el fundador de la revista Washington Monthly, Charles Peters, publicó un “Manifiesto neoliberal” para referirse a un movimiento de izquierdistas estadounidenses –entre los que se incluía–, que abogaban por distanciarse de las políticas derechistas de Reagan, pero también del apoyo incondicional de la izquierda a los sindicatos.

Y hay quien ha hecho notar, como el politólogo Álvaro Espina, que el término podría haberse usado también para referirse a “la renovación del pensamiento liberal” que llevaron a cabo autores como Isaiah Berlin, John Rawls, Richard Rorty o Ronald Dworking. Sin embargo, tampoco esta acepción ha llegado lejos.

De Hayek al FMI

La historia del neoliberalismo más asentada en el imaginario colectivo se parece mucho a la que sintetizó el escritor y activista británico George Monbiot en un popular artículo publicado en The Guardian hace unos años. Según explica, el término “neoliberalismo” se acuñó en 1938, en una reunión celebrada en París a la que asistieron Friedrich Hayek y su maestro Ludwig von Mises. Casi una década después, en 1947, Hayek funda la Mont Pelerin Society, que reúne a economistas y pensadores partidarios del Estado mínimo.

Monbiot destaca también a Milton Friedman, quien se definió como “neoliberal” en 1951, si bien el término desapareció luego de la órbita de estos autores. Friedman fue uno de los máximos representantes de la Escuela de Chicago, a la que se atribuye un papel clave en la implantación del neoliberalismo en Chile durante la dictadura de Augusto Pinochet.

Con la crisis económica de los años 70 –prosigue Monbiot–, el keynesianismo empieza a perder prestigio y se abre una ventana de oportunidad para las políticas neoliberales. Su consagración definitiva llegaría en los años 80, con los gobiernos de Margaret Thatcher (conservadora) y Ronald Reagan (republicano). Después, los laboristas en Reino Unido y los demócratas en EE.UU. acabarían adoptando algunas de esas políticas. El salto a otros países se produjo cuando organismos como el Fondo Monetario Internacional y el Banco Mundial, entre otros, empezaron a exigir a los países que demandaban su ayuda las recetas recogidas en el llamado “consenso de Washington”.

El paquete de políticas neoliberales típico incluiría: las rebajas de impuestos a empresas y rentas altas, la privatización de algunos servicios públicos, la menor regulación estatal de las empresas y del sector financiero, la mayor flexibilidad laboral… Medidas características de la llamada “economía de la oferta”, que busca potenciar el crecimiento reduciendo las barreras a la producción de bienes y servicios, lo que –según sus partidarios– acabará favoreciendo a toda la sociedad con precios más bajos y oportunidades de empleo.

Rodgers cree que endosar demasiados significados al término “neoliberalismo” hace difícil identificar los males que se quieren corregir

Liberales a secas

El economista liberal (o “neoliberal”, para sus críticos) Juan Ramón Rallo tiene una idea del neoliberalismo muy diferente. Según explicaba en un artículo en el que respondía a Monbiot, el término surgió, en efecto, en una reunión celebrada en París en 1938 bajo los auspicios de Hayek y Mises, la Conferencia Walter Lippmann. Pero “no lo acuñan –ni aceptan–” ellos, “sino el alemán Alexander Rüstow. Precisamente, Rüstow empleó el término neoliberalismo para oponerse al liberalismo clásico y como un intento de articular una tercera vía entre el capitalismo y el socialismo”.

Para Rallo, “si alguna vez ha existido un pensamiento ‘neoliberal’, este ha sido el desarrollado a partir de las propuestas de Alexander Rüstow, en la llamada ‘economía social de mercado’”. Este es el modelo económico que, en su opinión, ha llegado a ser dominante en Occidente y al que, por tanto, habría que imputar buena parte de los males que se le achacan al falso neoliberalismo. Hayek y Mises, dice, “son simplemente liberales”.

Rallo reprocha a Monbiot que haya construido “un muñeco de paja al que imputarle la responsabilidad” de males sociales como la crisis financiera de 2008, las deslocalizaciones de riqueza o el aumento del desempleo y la pobreza infantil. Pero a Rallo se le puede hacer el mismo reproche cuando traslada la culpa al no-liberalismo y nos pide que creamos que “toda la responsabilidad que pueda tener el neoliberalismo en la gestación de esos males la tiene en la medida en que se separa de los presupuestos del liberalismo clásico o del liberalismo libertario”.

¿Palabras-saco o alternativas?

Contra la manía de “reunir en un saco demasiado grande los males que nos amenazan” advierte Rodgers en su artículo, que dio lugar a un apasionante debate en la revista de izquierdas Dissent. Fácilmente, dice glosando a Wendy Brown, podemos dejarnos seducir por la desesperación y acabar abrumados por la sensación de impotencia ante unos poderes contra los que no se puede hacer nada. Para evitar la parálisis, Rodgers aconseja distinguir fenómenos, identificar problemas concretos, diseñar estrategias de acción…, que es la manera de aportar soluciones frente a lo que nos disgusta.

A fin de cuentas, como admitía Monbiot en The Guardian, resulta llamativo que después de tanta diatriba contra el neoliberalismo, la izquierda no haya sido capaz de articular un modelo económico alternativo sin regresar a Keynes. Si algo demostraron el keynesianismo y el neoliberalismo, añade, fue su capacidad para presentarse como solución en momentos de crisis: el primero, tras el crac del 29; el segundo, tras la crisis de los años 70. Pero ¿qué había para reemplazar al neoliberalismo tras la Gran Recesión de 2008?

Por su parte, Rodgers cree que endosar demasiados significados al término “neoliberalismo” hace difícil identificar los males que se quieren corregir. Por eso, en su artículo predica con el ejemplo y distingue cuatro fenómenos a los que puede referirse esta palabra:

1. Una “etapa en la historia del capitalismo”, caracterizada por el peso que tiene en las economías nacionales el sistema financiero global.

2. Un “proyecto intelectual” que persigue “la reestructuración del pensamiento económico (…) en torno al paradigma del mercado eficiente”, y que intenta explicar el comportamiento humano con criterios económicos y de búsqueda del propio interés.

3. Un conjunto de políticas favorables a las empresas que han ido ganando popularidad desde los años 70 del siglo XX, a menudo tras momentos de crisis y que tienden a presentarse como inevitables (“no hay alternativa” es el famoso eslogan neoliberal que se le atribuye a Thatcher).

4. Un “régimen cultural” que lleva el culto al mercado a todos los ámbitos de la sociedad, hasta “estampar un precio” en el alma de cada ser humano.

La categorización de Rodgers permite comprender por qué al neoliberalismo se le ataca desde tantos flancos y con argumentos tan diferentes: políticos, económicos, filosóficos… Y aunque caben otras tipologías, esta al menos acierta a romper con una de las modas que más está contribuyendo al deterioro del debate público: la de despachar etiquetas sin dar razones.

POR JUAN MESEGUER PARA ACEPRENSA

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