La política sin griterío

9 de febrero de 2026. Por Miriam Esteban para Forum Libertas

Una política que no se deja interpelar se convierte en un teatro donde cada cual repite su papel hasta que el público se va

En el lenguaje político contemporáneo, “moderación” suele entenderse como un punto tibio en el centro: una especie de neutralidad templada y cómoda.

Pero esa lectura instintiva fracasa precisamente cuando más falta hace una moderación auténtica.

En tiempos de fuego cuando el clima público se vuelve más irrespirable, lo urgente es una práctica exigente: la capacidad de argumentar en lugar de gritar o insultar y montar un bochornoso espectáculo.

Moderación no equivale a renunciar a la radicalidad.

Al contrario, hoy muchas decisiones demandan una radicalidad franca no hay nada más que asomarse al panorama político que tenemos.

El problema no es la fuerza de las convicciones, sino el modo en que se sostienen. Una sociedad puede debatir con intensidad sin convertirse en una jauría. La moderación, entendida filosóficamente, no es una anestesia moral, más bien es una disciplina del pensamiento y del lenguaje: sostener razones, escuchar objeciones, distinguir personas de ideas, y devolverle a la política su dimensión dialéctica sin la cual se marchita.

El griterío como condena es una tentación poderosa porque simplifica el mundo.

Cuando el adversario se convierte en enemigo, la complejidad desaparece: ya no hace falta comprender, basta con gritar para condenar.

Sin embargo, esa comodidad intelectual tiene un precio: la realidad se vuelve borrosa. Las cuestiones sustantivas, qué modelo social queremos, qué riesgos aceptamos, quedan sepultadas bajo etiquetas que no explican nada.

Gritar sin educación, además, genera un ruido que expulsa a quienes solo desean vivir con dignidad

De ahí la desafección: el mundo real, el ciudadano ya no se siente convocado por un debate que se parece más a una pelea de gallos que a una búsqueda de sentido común y compartido.

Argumentar, en cambio, es un acto de humildad. Significa renunciar a la afirmación apodíctica y aceptar que en nuestra propia visión puede haber zonas de sombra. Implica tomarse en serio las críticas como oportunidades de clarificación.

Esta humildad es rigor aunque pueda, a priori, parecer debilidad. Una idea que no soporta preguntas es mera propaganda, no puede tildarse de pensamiento.

Una política que no se deja interpelar se convierte en un teatro donde cada cual repite su papel hasta que el público se aburre y se va.

Aquí aparece una intuición decisiva: no basta con cambiar “opiniones” a fuerza de espectáculo. Somos, en gran medida, nuestro modo de ver. Cuando las fuerzas políticas se atrincheran dentro de un perímetro asfixiante —la suma de sus superficies enfrentadas—, el mundo queda fuera de foco y la estrategia se vuelve imposible: no hay espacio para respirar, para imaginar, para aprender.

Solo quien se desengancha un poco de su reflejo puede ver el conjunto y reconocer las contradicciones que lo atraviesan.

Llevado a la experiencia común, argumentar sin griterío es un entrenamiento diario.

Es también recuperar categorías interpretativas más finas, capaces de situar los acontecimientos en tendencias de largo plazo, en vez de vivir a golpe de indignación, mentira e insulto instantáneo. Esa finura, la paciencia de matizar, es un lujo académico es la condición para que la democracia vuelva a ser diálogo y no griterío barriobajero.

Quizá la tarea más política, hoy, sea esta: atreverse a pensar en común sin renunciar a la intensidad y a la verdad, pero negándose a la violencia moral. En esa ética de la mirada puede estar el principio de una política que recupere autoridad, dignidad y, sobre todo, el vínculo con el bien en la vida real de los ciudadanos.

Deja un comentario