25 de noviembre de 2025. Por Juan Bagur Taltavull para Forum Libertas
Para construir su moral, los ideólogos modernos, en una época “tras la virtud”, recurren a las emociones como guía moral.
El lenguaje no es neutro y los ideólogos lo saben. Por ello, si los ideólogos son las personas que quieren transformar la realidad conforme a una idea con independencia de su adecuación a la verdad, la bondad y la belleza; lo primero que hacen es modificar la mentalidad de la sociedad que podrá legitimar su proyecto.
Antes de corromper el cuerpo social, en su intento vano por crear un hombre nuevo que se queda siempre en un cadáver putrefacto, lo van condicionando desde un lenguaje que funciona como el arsénico que poco a poco lo envenena.
Así lo han teorizado quienes han alcanzado la hegemonía cultural en las últimas décadas, provocando unos efectos que ha analizado Óscar Rivas en su libro Venenosos[1].
Uno de los temas donde la perversión del lenguaje se ha hecho más patente ha sido el aborto, pues sus adalides, incluso a veces tachándolo de “drama”, se esfuerzan por llamarlo eufemísticamente “interrupción voluntaria del embarazo”. Es una definición netamente ideológica, pues para transformar la percepción social no tienen reparos en ocultar la realidad de la destrucción con la idea de una interrupción. Pero no es este el concepto en el que pretendo centrarme, sino en otro que le precedió en el proceso histórico de normalización del aborto a través del lenguaje, y que es más peligroso porque incluso personas provida lo utilizan sin ser conscientes de ello. Me refiero al concepto de “hijo deseado” o “hijo no deseado”. Acerca de esta noción, haré una alusión a su origen inmediato y después una exposición del contexto filosófico en el que nació, pues esto permitirá comprender su alcance.
El concepto de “hijo deseado” tampoco es neutro.
Fue introducido, o por lo menos difundido, en el léxico político a través de la ONU, una institución que ha servido como plataforma para imponer ideologías como la de género o el transhumanismo.
Recuérdese en este sentido que el creador del transhumanismo moderno, Julian Huxley, fue uno de sus más altos dirigentes, y aprovechó su posición de poder para difundir la ideología de género y el aborto, en un sentido eugenésico que evidencia la continuidad entre el darwinismo social decimonónico y el transhumanismo actual[2]. También en este contexto surgió durante la presidencia estadounidense de Nixon una Comisión sobre Crecimiento Poblacional y el Futuro de América.
Precisamente, pretendía ofrecer a Estados Unidos estrategias para evitar el ascenso demográfico -y con ello sociopolítico- de posibles competidores. Resultado de esta comisión fue el “informe Rockefeller”, así llamado porque su presidente fue John Rockefeller II.
Como parte de sus propuestas estaba la difusión del aborto, algo que dada su poca aceptación social requería de una previa modificación de la mentalidad social.
Entre otras cosas, el informe planteaba la necesidad de “desarrollar un principio ético básico de que solo los niños deseados sean traídos al mundo”. Agustín Laje, al explicar con detalle este proceso, evidencia porqué el informe Rockefeller supuso una revolución: “desarrollar un nuevo principio ético en el que la dignidad del ser humano, en su origen, sea redefinida como el fruto del deseo de un tercero. Si se lo desea, es un ser humano digno; si no se lo desea, es un parásito”[3].
Lo anterior implica eliminar una convicción que introdujo el cristianismo en la Historia: el descubrimiento de que toda vida humana tiene una dignidad absoluta, con independencia de que sea deseada o no.
El informe planteaba, por el contrario, que la dignidad de la persona es relativa porque está relacionada con la voluntad de los padres.
Supone por ello una vuelta a la mentalidad precristiana desde las “ideologías de la sospecha” contemporáneas[4]. El argumento de la relatividad de la vida humana se conjuga con otros más sorprendentes, como la negación de la condición humana del feto. Pero este último es más fácil de rebatir gracias a las evidencias científicas.
Tanto es así que, poco a poco y aunque todavía la sociedad no sea consciente de ello, se está cambiando el argumento proabortista de la mano de la ideología animalista: Peter Singer, el principal filósofo de esta corriente, parte de la base de que la condición del hombre es como la de un animal cualquiera, de modo que la suya no es una dignidad absoluta. ¿Cómo resuelve el problema ético y la contradicción a la que conduce esta creencia? Afirmando que la dignidad humana y animal es siempre relativa, pues depende de otro absoluto que sería la viabilidad. Por eso, sostiene que un bebé no “viable” -defiende abiertamente el infanticidio- no debe vivir, pero un buey adulto sí. Parece una locura, pero ya existe legislación fundamentada en estos principios[5], y también parece aceptarlo uno de los intelectuales más influyentes del presente: el neodarwnista y neoliberal Steven Pinker[6].
Pero volvamos a la cuestión del deseo, mostrando ahora el sustrato intelectual que ha permitido su desarrollo: el subjetivismo. El subjetivismo es una cosmovisión que defiende la primacía absoluta del sujeto frente a la realidad, que se considera incognoscible en su vertiente más moderada, e inexistente en la más radical. Ortega y Gasset, que trató de superar sus contradicciones, no dudó en llamar al subjetivismo la “enfermedad mental que comienza con el Renacimiento”, precisamente por la exaltación del antropocentrismo. Sin embargo, fue Descartes quien teorizó el subjetivismo, convirtiéndolo según Ortega en el “pecado original de la época moderna”[7]. Este filósofo francés era católico y no llegó tan lejos, pero del cogito ergo sum –“pienso luego existo”- muchos filósofos e ideólogos extrajeron la herramienta intelectual que necesitaban para hacer depender del sujeto el fundamento de la existencia.
Las ideologías -incluyendo la de género, el animalismo y el transhumanismo- son su consecuencia.
Por otro lado, es importante saber que, si el lenguaje ha necesitado décadas para ser modificado, el pensamiento occidental ha requerido de siglos para corromperse.
En este sentido, el año pasado falleció Luis Suárez Fernández, historiador que insistía mucho en una cuestión: la existencia de una época que va más allá de la tradicional división entre Edad Media y Edad Moderna, porque se sitúa entre 1328 y 1648. Una época que se desarrolló entre la rebelión de Guillermo de Ockham contra el papado y la firma del Tratado de Westfalia. Dos acontecimientos que tienen que ver con lo mencionado más arriba, pues del nominalismo de Ockham se deriva una corriente del Renacimiento, y Descartes falleció dos años después de aquel tratado. De hecho, lo celebró porque suponía el triunfo de su patria francesa sobre la Monarquía católica española.
Pero, ¿qué tienen que ver estos dos sucesos? Sin entrar en detalles -para esto me remito a los libros de Suárez, de gran carácter divulgativo-, que Ockham sentó las bases del subjetivismo al fundar el “voluntarismo nominalista”; y la Paz de Westfalia supuso, al derrotar a la Monarquía católica española, su proyección en política[8]. Desde entonces, se aceptó el principio de que un Estado debe imponer su voluntad sin remitirse a una verdad objetiva, por ser un poder absoluto. Durante la Edad Contemporánea, se cambió al Estado por la nación, la raza, la clase social, el individuo…o lo que el ideólogo en cuestión propusiera.
Falta por tratar una cuestión, la del deseo. Fácilmente se puede deducir que, tras siglos de exaltación de la voluntad autónoma del sujeto como fundamento de la realidad, el hecho de que una supuesta interrupción sea “voluntaria” goce de aceptación social. Pero, ¿qué ocurre con la otra idea? De nuevo, encontramos las raíces intelectuales en el subjetivismo, según podemos explicar con la ayuda de otro intelectual que también nos dejó el año pasado: Alasdair MacIntyre.
El deseo es una emoción -la voluntad no es una emoción, sino una facultad del alma, pero que en el mundo moderno se somete a las emociones- y este pensador norteamericano analizó el emotivismo, al que consideraba una de las características más importantes de la mentalidad actual. Básicamente, planteaba que el mundo moderno ya no cree en el bien y en la verdad, alcanzables a través de la virtud.
Por eso, para construir su moral, los ideólogos modernos, en una época “tras la virtud”, recurren a las emociones como guía moral[9].
MacIntyre profundizó en los autores que elaboraron esta propuesta desde la Ilustración, de la que formaba parte Descartes y en la que desembocó el nominalismo. Así demostró que, en la línea de lo ya señalado, lo que hoy es aceptado socialmente -que la autenticidad está en las emociones, incluido el deseo, y no en la verdad- proviene de siglos de elaboración y difusión de ideas.
Finalmente, existe otra noción, la del poder, que está detrás de todo lo que se ha visto.
El voluntarismo condujo también a la “voluntad de poder”, hasta el extremo de que el aborto se considera hoy en día una muestra de “empoderamiento”.
Desde Westfalia se asentó como principio político la voluntad de poder del Estado, al que dejó de exigirse su adecuación a la verdad que garantizaba el bien común.
Después, en la Edad Contemporánea, y particularmente desde el giro postmoderno y la influencia de Nietzsche, fue la persona la que se redujo a un individuo incapaz de alcanzar el bien, la verdad y la belleza. Al no aceptarse su existencia, quedan solamente las emociones y el poder, de modo que lo que se había visto tradicionalmente como un medio para el desarrollo humano, hoy se eleva a la categoría de fin.
El aborto es una muestra más de esa voluntad de poder, en la que la emoción de una persona decide si es aceptable arrebatar la vida al no nacido.
De hecho, Simone de Beauvoir reflexionaba de esta forma acerca del aborto. Siguiendo las tesis de su pareja Jean Paul Sartre, que negaba la esencia de las cosas, afirmó que “la mujer no nace, se hace”. Y en este sentido, que la maternidad había “hecho” de las mujeres seres débiles a lo largo de la Historia, mientras que los hombres, según ella históricamente encargados de matar, se habían “hecho” superiores porque con la voluntad de poder expresaban su dignidad[10].
En conclusión, aunque se han señalado bastantes cuestiones que en apariencia tienen poco que ver, lo que se ha tratado de transmitir con este artículo es lo siguiente: las ideas dan forma a la mentalidad de la sociedad, pero no de forma inmediata.
Pasaron décadas para que se aceptasen conceptos que justifican temas como el aborto, y antes siglos hasta que filósofos e ideólogos establecieron las bases que hicieron posible su difusión. Ante el subjetivismo -que incluye el voluntarismo y el emotivismo- la solución es la vuela al principio de realidad.
Es necesario que el lenguaje, aun siendo subjetivo, trate de reflejar la verdad -que es la adecuación del intelecto a la realidad. Y ocurre que la realidad es por esencia misteriosa, pues el hombre es limitado y está sujeto a la providencia. Por eso, quien mejor ha definido la alternativa a la visión del hijo como algo deseado o no, es el filósofo bioconservador Michael Sandel, quien a la voluntad de dominio a la que conduce el subjetivismo, opone la “ética del don”[11]. Esto es, aceptar la condición misteriosa de la existencia, evitando así la tentación de querer dominarla, y contemplar a los hijos como un regalo -en inglés, gift, que es a la vez “don” y “regalo”. Es decir, no un objeto que se acepta porque se desea, sino un regalo que se acoge por su valor intrínseco.
[1] Rivas, Óscar: Venenosos, Madrid, La Burla Negra, 2024, p.22. [2] Julian Huxley fundó la UNESCO en 1946 y logró introducir la agenda eugenésica en la FAO y la Comisión de Población de la ONU. Además, impulsó lobbies financiados por las Fundaciones Ford y Rockefeller. Esta cuestión la he tratado en el siguiente texto: Bagur Taltavull, Juan: “La razón humilde frente a la abolición del hombre: C.S. Lewis y los orígenes del transhumanismo”, en Lacalle Noriega, María (dir.): Transhumanismo: ¿homo sapiens o ciborg? Vol. II, Madrid, UFV, 2022, pp. 73-86. [3] Laje, Agustín: Globalismo. Ingeniería social y control total en el siglo XXI, Nashville, Harper Collins, 2025, p.492. [4] Sobre este proceso de neopaganización, vid.: Rodríguez de la Peña, Alejandro: Imperios de crueldad: la Antigüedad clásica y la inhumanidad, Ediciones Encuentro, 2022. [5] El llamado “Protocolo Groningen” de 2002 impulsó el infanticidio en los Países Bajos. Sus partidarios no lo llaman así, y tampoco “aborto posparto”, sino “eutanasia neonatal”. Esto evidencia que aborto y eutanasia son dos caras de la misma cultura de la muerte. Un momento clave en su justificación intelectual ocurrió en 2012, a raíz de la publicación de un polémico artículo. Vid.: Giubilini, Alberto; and Minerva, Francesca: “After-birth abortion: why should the baby live”, Journal of Medical Ethics, 39, 2013, pp. 261-263. [6] Pinker, en gran medida seguidor de Singer, postula el carácter relativo de la vida humana, indicando que la “viabilidad es un continuo” que depende de la tecnología médica y de la voluntad de los padres. Desde su relativismo, plantea que debe debatirse cómo gestionar el aborto o la eutanasia atendiendo al criterio utilitarista del máximo grado de felicidad y del menor sufrimiento, Vid.: Pinker, Steven: La tabla rasa. La negación moderna de la naturaleza humana, Epub, Edición digital, 2017, pp. 409-411. [7] Ortega y Gasset, José: Obras completas. Tomo I (1902-1915), Madrid, Taurus y Fundación José Ortega y Gasset, 2004, p. 669. [8] Suárez, Luis: Lo que España debe a la Iglesia Católica, Madrid, Homo Legens, 2012, pp. 180-181 y p. 215. [9] MacIntyre, Alasdair: After Virtue. A Study in Moral Theory, Indiana, University of Notre Dame Press, (1981) 2007, pp. 23-35. [10] Sobre esta cuestión, vid.: Marco, Donald de; y Wiker, Benjamin D.: Arquitectos de la cultura de la muerte, Madrid, Ciudadela Libros, 2007, pp. 113-132. [11] Sandel, Michael: Contra la perfección. La ética en la era de la ingeniería genética, Barcelona, Marbot Ediciones, 2007, p.69.
