25 de noviembre de 2025. Por Alfonso Siena para Forum Libertas
Para unos, la decisión ha sido motivo de ataques virulentos: califican al príncipe de “retrógrado” por no sumarse al consenso abortista europeo. Para otros, más hábiles, la estrategia ha sido el silencio: evitar que el gesto de Mónaco se convierta en ejemplo para otros países que aún dudan.
En una Europa donde muchas leyes avanzan sin detenerse a mirar las consecuencias, Mónaco ha decidido plantar cara con el aborto.
El príncipe Alberto II ha rechazado la propuesta de legalizar el aborto en el Principado, recordando que la identidad política y moral del país está anclada en la fe católica. La Constitución monegasca lo expresa sin ambages: la religión católica es la religión del Estado. Un principio que aquí no se guarda en vitrinas, sino que se toma en serio.
El Consejo Nacional había aprobado un proyecto para convertir el aborto —hoy despenalizado solo en casos límite— en un derecho legal hasta las 12 semanas, ampliado a 16 en situaciones de violación y reduciendo la edad para prescindir del consentimiento parental. El príncipe, sin embargo, se negó a sancionarlo: “el sistema actual refleja quiénes somos”, afirmó, subrayando que no está dispuesto a renunciar a la tradición católica que ha dado forma al Principado.
Mónaco no es un país 100% provida, pero su “no” ha irritado a muchos
Conviene decirlo claramente: Mónaco no es un paraíso provida, pues su legislación ya contempla desde 2009 excepciones en las que el aborto está permitido. Y, sin embargo, basta que un país pequeño —apenas un punto en el mapa europeo— se niegue a dar un paso más hacia la cultura de la muerte para que los activistas proaborto reaccionen con una mezcla de furia y alarma.
Para unos, la decisión ha sido motivo de ataques virulentos: califican al príncipe de “retrógrado” por no sumarse al consenso abortista europeo. Para otros, más hábiles, la estrategia ha sido el silencio: evitar que el gesto de Mónaco se convierta en ejemplo para otros países que aún dudan. Que un Estado recuerde públicamente que el no nacido merece protección resulta, para muchos, una amenaza intolerable.
Una decisión en la estela de Balduino y del Gran Duque
La posición de Alberto II no surge de la nada; se inscribe en una tradición europea de gobernantes católicos que han sabido obedecer a su conciencia antes que al ruido del momento.
Ahí está el gesto de Balduino de Bélgica, que prefirió declararse incapacitado antes que firmar la ley del aborto.
O el del Gran Duque de Luxemburgo, que se negó a sancionar la eutanasia en 2008, aun sabiendo que después buscarían recortar sus competencias.
La conciencia, para ellos, no era un accesorio, sino un mandato.
La Iglesia advirtió del riesgo: perder la identidad
La Archidiócesis de Mónaco ya había alertado meses antes que legalizar el aborto supondría una ruptura interior profunda. El arzobispo Dominique Marie David lo expresó sin rodeos: el Principado “dejaría de reconocerse en los valores sociales del catolicismo”.
Mientras Francia, su vecina, se apoya en un laicismo militante, Mónaco se ha sostenido históricamente en una visión cristiana del bien común. Sacrificar ese fundamento equivaldría a diluir su esencia.
Una excepción que incomoda
Las asociaciones feministas locales han mostrado su enfado, pese a que —como incluso reconocen analistas internacionales— quienes quieran abortar pueden hacerlo a apenas veinte kilómetros, en Niza. El problema no es la logística: el problema es el símbolo.
En una Europa donde se busca blindar el aborto como “derecho fundamental”, que un país diga “hasta aquí” resulta incómodo. Mónaco se alza así como una excepción moral que muchos preferirían que pasara desapercibida.
Un “no” que va acompañado de apoyo
El rechazo del príncipe no es un gesto vacío. El gobierno prepara medidas adicionales de apoyo para mujeres con embarazos inesperados, insistiendo en que defender la vida implica también acompañar a la madre.
Coherencia y responsabilidad: si se protege al no nacido, se protege también a quien lo lleva en su seno.
