4 de mayo de 2026. Por Santiago Bertrán para Forum Libertas
La propuesta berlinesa de abolir el matrimonio nos enfrenta a un dilema vital: ¿es el vínculo una cadena que nos oprime o el único suelo firme donde el amor puede florecer?
Estimados lectores, permítanme invitarlos hoy a una reflexión que, aunque nace de una noticia política en Berlín, nos toca el corazón a todos los que creemos en la belleza de lo permanente.
Recientemente, los jóvenes socialistas alemanes (Jusos) han lanzado una propuesta muy cruda, la abolición del matrimonio civil, bajo el título: Abajo el patriarcado, aunque parezca romántico: abolir el matrimonio civil, establecer uniones de responsabilidad.
Lo definen como una «sobrerestructura burguesa» y una herramienta de opresión. En su lugar, sugieren las «uniones de responsabilidad», pactos líquidos que podrían contraerse entre amigos, conocidos o un número indefinido de personas.
Me gustaría desgranar por qué esta propuesta, que se disfraza de modernidad y liberación, es en realidad un eco de un nihilismo antiguo que amenaza con dejarnos a todos un poco más huérfanos.
Un viejo fantasma
No hay nada verdaderamente nuevo bajo el sol de la ideología. Al leer la moción de estos jóvenes, uno siente el aliento de Karl Marx y Friedrich Engels en su Manifiesto de 1848.
Ellos ya hablaban de la abolición de la familia y de la mujer como un «mero instrumento de producción».
Los Jusos de hoy han actualizado el lenguaje —utilizando términos como «patriarcado cisgénero» o «capitalismo misogino»—, pero la tesis de fondo es la misma: el vínculo estable es una cárcel.
El matrimonio no es una invención del Estado para controlar a las masas, sino una institución de derecho natural. Existe antes que el Parlamento y antes que el mercado. Nace de la realidad antropológica de la diferencia sexual y del deseo profundo de entrega total. Llamar «opresión» a la entrega generosa es no haber entendido nunca el lenguaje del amor, que no sabe de contabilidades, sino de dones.
La libertad del límite
Me fascina la analogía que surge al analizar esta voluntad de «licuar» la realidad. Imagine que queremos dibujar un triángulo. Para que exista, necesitamos tres líneas que se encuentren y se limiten entre sí. Esos límites son los que le dan su identidad. Si quitamos un lado alegando que «limita la libertad» de las otras líneas, no obtenemos una figura más libre; obtenemos dos segmentos perdidos en el vacío del papel.
Lo mismo sucede con el matrimonio. Su forma —la unidad, la indisolubilidad, la apertura a la vida— es precisamente lo que permite que el amor crezca y dé frutos.
Los jóvenes socialistas ven en el límite una barrera, cuando en realidad el límite es el hogar. Al proponer que el matrimonio pueda incluir a «tres amigos del fútbol» o ser revocado con una simple firma burocrática sin consenso de las partes, están destruyendo la identidad del vínculo. Lo que queda no es una relación más libre, sino una relación más frágil.
El olvido
Hay un punto raro en la propuesta berlinesa: la idea de que estas uniones pueden ser un «test», como quien prueba un coche antes de comprarlo. Aquí es donde la sociología se encuentra con la teología.
Al ignorar el concepto del pecado original —es decir, nuestra tendencia al egoísmo y a la debilidad—, los ideólogos creen que bastan cuatro reglas notariales para sostener la sociedad.
Pero la realidad es más terca. Los seres humanos somos frágiles. Necesitamos estructuras sólidas que nos protejan de nuestras propias veleidades. El matrimonio, en su concepción cristiana y natural, es un compromiso que protégé especialmente al más vulnerable: a la mujer en los momentos de mayor entrega, al niño que necesita un nido seguro, al anciano que requiere cuidados.
Sustituir el «para siempre» por un «hasta que me canse» —o por una «comunidad de responsabilidad» donde todos son responsables pero nadie es plenamente del otro— es una receta para la soledad. Si la entrada y la salida de un vínculo son tan triviales como darse de baja de un servicio de streaming, entonces la persona misma acaba siendo tratada como un bien de consumo.
Una invitación
Lo que se propone en Berlín no es justicia social, es nihilismo. Es la renuncia a creer que el ser humano es capaz de un compromiso absoluto.
Curiosamente, estos jóvenes buscan «liberar» a la mujer de la dependencia, pero terminan arrojándola al mercado o a la frialdad de un contrato administrativo que puede romperse unilateralmente.
La crisis del matrimonio que ya vivimos —con el aumento de las convivencias de hecho y el divorcio como primera opción— es la prueba de que este proceso de «licuación» ya está en marcha.
Sigo creyendo en la fuerza revolucionaria del matrimonio auténtico. En un mundo donde todo es desechable, no hay nada más subversivo, nada más «progresista» en el sentido verdadero de la palabra, que dos personas que se miran a los ojos y deciden construir algo que el tiempo no pueda marchitar.
No nos dejemos engañar por el brillo de las falsas libertades. La verdadera libertad consiste en elegir aquellosvínculos que nos permiten llegar a ser quienes realmente somos. El matrimonio es, y seguirá siendo, el cimiento más humano y divino sobre el que podemos edificar nuestra esperanza.
